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viernes, 1 de agosto de 2014

El Ministerio de Salud contra el folklore

En la víspera del 1º de Agosto, el Ministerio de Salud Pública de la Provincia de Tucumán, cartera dirigida por Pablo Yedlin, difundió a través de su equipo de prensa un artículo en el que se invitaba a los tucumanos a no consumir el tradicional té de ruda que por tradición muchas familias consumen al inicio del octavo mes del año.

La información puede parecer irrelevante, pero no lo es. El té de ruda es parte del folklore argentino desde hace mucho, y las complicaciones generadas por su ingesta han sido históricamente mínimas. Entonces que una médica aparezca pidiéndole a la población que renuncie a la bebida por motivos de salud es como pedirle que renuncien a su identidad, una verdadera afrenta en contra de la argentinidad.

jueves, 26 de junio de 2014

La gallística no se mancha

Con la intención de atacar al corrupto gobierno de José Alperovich, varios legisladores de la UCR no vacilaron en fustigar al noble arte de la gallística. Lo que sucede es que, desde haca casi una década, en Tucumán está vigente una ley que autoriza la realización de pelea de gallos en territorio provincial; gracias a ello el gobierno de Alperovich subsidia anualmente a los organizadores de las jornadas gallísticas con una interesante cifra de cinco ceros. Pues bien, para los uceristas ese dinero constituye un gasto superfluo, ya que mientras un buen porcentaje de la población local vive en la pobreza, no parece justo que un generosa cantidad de dinero vaya a parar a los cultores de la gallística. 

El argumento, así presentado, es válido, ya que a cualquiera indigna que el dinero público se concentre en un grupo minoritario y deje abandonada a la mayoría. Sin embargo el problema es que, detrás de la crítica por los fondos malgastados, hay una descalificación de la gallística como actividad cultural. 

En efecto, las peleas de gallo son una tradición que debe ser preservada por su altísimo aporte estético al espíritu humano. No es reprochable que el Estado ayude al pobre a salir de su miseria, pero el Estado, para no ser una mera asociación ilícita, debe contribuir al engrandecimiento del alma, lo que significa que no alcanza sólo con levantar absurdas prohibiciones, sino que también debe ayudar a fomentar a prácticas como la gallística. Por tanto que la UCR investigue a los galleros si de verdad les preocupa el presupuesto, pero que no se meta con los gallos quienes, con sus crestas crispadas, merecen saltar a la arena para probar su fuerza y valentía. 

jueves, 30 de enero de 2014

La bandera imperdonable

Un video en el que se ve a un grupo de “actores” interpretando una ridícula coreografía denominada “Harlem Shake” justo en frente de la Casa de la Independencia causó malestar en mucha gente. El hecho de que se utilice un monumento histórico nacional como escenario de semejante sandez fue juzgado por más de uno como una profanación en contra de la Patria.

Sin embargo algo muchísimo más grave que el “Harlem Shake” tiene lugar a diario en el mismo lugar. Me refiero, claro, a la presencia de dos banderas indigenistas que cuelgan a la entrada de un paseo de artesanos que se ubica justo al lado de la Casa de la Independencia.

Wiphalas al lado de la Casa Histórica
Wiphalas al lado de la Casa Histórica
Wiphalas al lado de la Casa Histórica

Estos trapos pestilentes son llamados por algunos “wiphalas”. La wiphala es una bandera inspirada en el Imperio Inca (en realidad muchos intentaron identificarla como a la mismísima bandera de aquel imperio, empero la investigación histórica echó por tierra esa pretensión). Esa vocación imperial no es casual: el trapo con los colores del arcoiris flamea actualmente con total libertad en Ecuador, Perú, Bolivia, Chile y hasta en nuestra Argentina. Una wiphala, por tanto, tiene casi el mismo estatuto que las banderas que representaban a otros imperios fenecidos, pero a los cuales aún se busca siniestramente hacerlos renacer.

¿Es posible imaginar qué diría la prensa si junto a nuestra querida Casa de la Independencia, cuna de la argentinidad más virtuosa, se viera flamear a una bandera roja con una hoz y un martillo amarillo en su extremo superior izquierdo, u a otra bandera igualmente roja pero con un círculo blanco en su centro que encierra una cruz gamada negra? Seguramente se produciría un poderoso cacareo. Pues bien una bandera así de inmunda y perversa todos los días decora las adyacencias de la Casa Independencia ante el silencio cómplice de quienes desprecian los eventos de 1816.  

sábado, 14 de septiembre de 2013

Un monte Taigeto para Griselda Barale

Pesando en el Bicentenario de la Independencia Nacional, el gobierno municipal tucumano comenzó a desarrollar una serie de obras para reacondicionar algunos espacios públicos en los que se conmemora y glorifica nuestro pasado común. Entre esas obras está la “Avenida de los Próceres”, que es el nombre que reciben un conjunto de estatuas ubicadas en el Parque 9 de Julio, sobre la vereda que acompaña a la Avenida Alberto Soldati: Nicolás Avellaneda es quien comienza la serie, y Julio Argentino Roca es quien la concluye, dejando que entre medio de uno y otro presidente tucumano se ubiquen Juan Bautista Alberdi, Gregorio Aráoz de Lamadrid, Ildefonso de las Muñecas y varios otros.  

Pues bien, sucede que Griselda Barale –aparentemente una profesora de Estética en la Universidad Nacional de Tucumán– tuvo los bríos de proponer que dichos monumentos sean vandalizados. Justifica semejante insolencia para ella el hecho de que la mayor parte de las esculturas fueron realizadas en la década de 1970, cuando el General Antonio Domingo Bussi era Gobernador, por lo que, según su opinión, tendrían un origen que conviene despreciar (como si fuese necesario hoy, a más de 35 años de aquellos sucesos, rechazar un estilo de administración de los destinos del país cuyo retorno se ha vuelto urgente). Además –agrega Barale– las estatuas son de mala calidad, “desproporcionadas, feas y mal terminadas”, pues, según cuenta la leyenda, los artesanos que las hicieron tuvieron poco tiempo para concluirlas.

A la tal Barale le molesta que los monumentos sean de inspiración nacionalista y que hayan sido sugeridos por una “mentalidad del siglo XIX”. Entonces todo ello sería excusa suficiente para dejar que algún mentecato manche con su mediocridad la pulcra memoria de los grandes hombres que ha dado la provincia, exhumando la subversión cultural que, precisamente, esas estatuas tienen por objeto sepultar. ¡Pobres prohombres del Tucumán! ¡Se sacrificaron por la patria sólo para que un opaco hombrecillo o una obscura mujercilla pueda demostrar lo poco que entiende sobre lo Bello y lo Verdadero! ¡Perdonaos por la miopía, vosotros, gloriosos espíritus tucumanos!

Lo más penoso de esta profesora parlanchina es que no se priva de proponer también que, en caso de no prosperar su incitación al infantilismo, directamente habría que quitar las estatuas y hacerlas desaparecer, como quien captura a alguien por la calle y lo aniquila sin mostrar después el cadáver.

De más está decir que repudiamos con total vehemencia a la promoción de semejante salvajismo en nombre del Arte. Con ese criterio tan estúpido de eliminar o banalizar algo que constituye nuestro espacio cultural común sólo por el hecho de que no nos satisface ni estética ni ideológicamente, entonces –al igual que aquellos paganos que nunca vieron una Cruz– habría que arrojar a miles desde la cima del monte Taigeto, a miles incluyéndola a Barale.

viernes, 2 de agosto de 2013

A propósito de los hermanos Bussi

Los hijos de Antonio Domingo Bussi han dilapidado el capital político que heredaron de su padre. Ello no ocurrió solamente por el agravio progresivo que sufrió la figura del General desde que le fuese usurpada la intendencia capitalina en 2003, sino también porque ninguno de los dos hermanos pudieron articular un discurso político que sedujese a sectores específicos de los votantes tucumanos.

Tanto Ricardo como José Luís Bussi trataron en estos últimos diez años de jugar como políticos convencionales. Sin embargo los momentos en los que han conseguido mayor adhesión popular están vinculados a los episodios en los que han actuado como políticos radicalizados. Es que los hermanos Bussi pueden hacer algo que a casi todos los demás políticos de hoy en día les está vedado: vindicar el Proceso de Reorganización Nacional.

Aquel famoso periodo de la historia reciente de la Argentina no fue ni excepcionalmente bueno ni fue tampoco excepcionalmente malo. En materia económica, el Proceso de Reorganización Nacional logró estabilizar al país tras el Rodrigazo, pero no tardó en desbarrancarse culpa de los banqueros codiciosos. En materia política, sucedió algo similar: se logró ponerle fin a un gobierno peronista impopularizado, pero no se avanzó en la creación de una propuesta política novedosa. Culturalmente, el Proceso de Reorganización Nacional consiguió insuflarle a la gente cierto sentimiento patriótico colectivo, al que la derrota en la Guerra de Malvinas, empero, finalmente devaluó. Y desde el punto de vista social, entre 1976 y 1983, pese a toda la obra pública ejecutada, no se produjeron grandes avances en el desarrollo humano, ni tampoco hubo un duro golpe en contra del bienestar general.

¿Entonces que es lo vindicable del Proceso de Reorganización Nacional? Su simbolismo. En efecto, durante la década de 1980, pasado el Juicio a las Juntas, los procesistas eran vistos por la gente de todo el país como la alternativa “productiva” ante un radicalismo marxistoide que imponía el divorcio y otras aberraciones y un peronismo huelguista que buscaba desalojar a la UCR y volver a algo parecido al periodo isabelista; después, en los años del menemato, juiciosamente se les levantó la proscripción a todos y se les permitió a los procesistas asimilarse a la fauna política argentina, poniéndose así en evidencia que ninguno de ellos era realmente un proyecto superador; sin embargo fue la década de 2000 la que vio al procesismo diabolizarse paulatinamente hasta devenir la encarnación del mal absoluto en el imaginario hegemónico contemporáneo.

En la actualidad el Proceso de Reorganización Nacional –o la “Dictadura”, como vulgarmente se lo llama– es una grotesca ficción basada en hechos reales e irreales, cuyo público son ante todo los niños. Ciertamente, quien vivió esa época sabe lo que ocurrió y recuerda cómo era el clima cotidiano, por lo que difícilmente al ver la caricatura de un militar con ojos rojos y cuernos en la pantalla de Paka Paka esa persona sienta algo más que vergüenza ajena, ¿pero que hay de los más jóvenes? A ellos les están imponiendo una patente mentira que ni el propio kirchnerismo puede sostener. El caso de César Milani es la prueba: cuando Estela de Carlotto declara públicamente que lo que la Conadep hizo hace casi 30 años atrás no es enteramente acertado, ella misma está reintroduciéndole realidad a algo a lo que se la habían extirpado por conveniencia. Es decir una cosa es que Alicia Kirchner guarde un sepulcral silencio sobre su trabajo como funcionaria procesista, pero otra cosa completamente distinta es que a un acusado ya no de colaborar sino de haber cometido crímenes de lesa humanidad se lo intente defender a capa y espada. El gesto cicatrizante de Néstor Kirchner de bajar el cuadro del General Jorge Rafael Videla de una pared del Colegio Militar queda anulado con este gesto comezonante de Cristina Kirchner de colocar el cuadro de César Milani en el mismo lugar.

En este escenario los hermanos Bussi, inevitablemente ligados al Proceso de Reorganización Nacional por portación de apellido y por apego espiritual a su padre, persisten en su estrategia de desligarse de la ficción que el pensamiento hegemónico construyó, por lo que son percibidos por la gran mayoría como ellos mismos se presentan: dos ciudadanos argentinos más, indignados por la inflación que castiga los bolsillos, la inseguridad que somete a los honestos y la impunidad de la que gozan los corruptos. Pero cuando Ricardo Bussi chicanea a Milani, o cuando José Luís Bussi pide la creación de un ferrocarril subterráneo que colabore con la huída de los perseguidos por la venganza montonera, estos hombres se recortan del fondo.

La posibilidad del resurgimiento del bussismo se encuentra en un camino que los Bussi se han negado a transitar: atreverse a jugar políticamente a la política. Si los hermanos aspiraran a ser algo más que dos meros burócratas, podrían llegar a conseguir algo de la mística que no heredaron de su padre. Pero no lo hacen. En lugar de estar encabezando una (necesaria) guerra contra el Inadi, en lugar de estar nalgueando a los neoimberbes de La Cámpora, en lugar de estar custodiando que no se tergiverse la memoria de los heroicos participantes del Operativo Independencia, en lugar de estar a la par de los familiares de los procesados en la Megacausa, Ricardo y José Luís Bussi se dedican a sobrevivir vaya uno a saber exactamente cómo en un ambiente que ya los ha expulsado, pero no por ser quienes son, sino justamente por negarse a ello.    

lunes, 22 de julio de 2013

Bol. Hugo Cabral contra la Hispanidad

Entre la fauna de “ilustrados” que trabajan como funcionarios en la provincia de Tucumán se destaca su Defensor del Pueblo, el arquitecto Hugo Cabral. Hugo Cabral lleva por primer nombre “Víctor” y por segundo apellido “Cherniak”, cosas que, tal vez por cuestiones estéticas, oculta.

Lo que no oculta son sus inclinaciones progresistas. Como buen progresista, Cabral ha utilizado su poder para apoyar a minorías como los aberrosexualistas, las feminazis y demás ralea, al mismo tiempo que ha procurado perjudicar a las mayorías (por ejemplo al ignorar los reclamos por los aumentos tarifarios abusivos de las empresas de servicios públicos o al mirar para otro lado ante las repetidas denuncias en contra de las fábricas que contaminan el medio ambiente).   

La última “cabraleada” es antológica: esta vez el arquitecto decidió confrontar a la mayoría más grande y silenciosa del continente, vale decir a la Hispanidad misma. Al parecer Cabral, con ese apellido tan ibérico aunque probablemente sefardí, es un acérrimo promotor del indigenismo. Es tan profundo su compromiso con los originarios que se rumorea que Bolivia, el narcoestado más exitoso del hemisferio austral y la meca de los indigenistas de la región, quiere nombrarlo “ciudadano honorario”, dándole el título de “Boliviano”, que bien puede este señor abreviar, para que al final quede vistosamente un “Bol. Hugo Cabral”, lo que, supongo, lo llenaría de orgullo.  

Pues bien, sucede que es tan desmedida la pasión por los indios de Bol. Hugo Cabral que no teme hacer el ridículo para que todo el mundo se entere de ello. Y la expresión “todo el mundo” no es una hipérbole: nada más y nada menos que el diario El País lo ha entrevistado, convirtiendo a la Defensoría del Pueblo de Tucumán en un hazmerreír internacional. Es que a Cabral se le ocurrió denunciar ante la Justicia Federal a un videojuego llamado “Conquistadores del Nuevo Mundo” por recrear “el genocidio perpetrado en América en el siglo XV [sic]”. En el artículo del diario español, el periodista que lo escribió se mofa de que a través del teléfono este personaje inverosímil de Bol. Hugo Cabral le dio un encendido discurso sobre colonialismo y vaya uno a saber que otro desvarío en lugar de simplemente comentarle qué es lo que sostiene.

Cabral habla sobre un efecto “pedagógico negativo” del videojuego, y al mismo tiempo sostiene que lo que lo indigna es que se explote un tema tan sensible como la Conquista de América para “promocionar un divertimento con fines comerciales”.

Sea como sea, los desarrolladores del videojuego contestaron señalando que su trabajo no reproduce la historia de la Conquista, sino que se constituye como un simulador históricamente inexacto que le permite al jugador experimentar una veintena de narrativas diferentes, en donde se puede ver el proceso de la españolización de México como un acontecimiento ultraviolento o ultrapacífico. Dicho de un modo más breve: los creadores de Conquistadores del Nuevo Mundo le sugirieron al honorable Bol. Hugo Cabral Cherniak que primero se informe sobre el videojuego y que sólo después emita sus opiniones.